La actividad económica ha estado cayendo y recuperándose una y otra vez durante los últimos 5 años, sin superar el nivel de 2011. El crecimiento durante 2015 es sólo consecuencia del modo arbitrario como el calendario agrupa porciones de esas subas y bajas.
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El planteo de Joseph Stiglitz de que el acuerdo de Argentina con los fondos buitre es negativo para el mundo por el precedente que sienta para futuras reestructuraciones de deuda, focaliza en el problema pero no en su solución desde el punto de vista argentino.
Existe bastante consenso en que la presión tributaria en Argentina ya es demasiado elevada, tanto a nivel nacional como de provincias y municipios. Sin embargo, hay tributos que siguen incrementándose, como el Impuesto a los Ingresos Brutos en Córdoba.
El cepo cambiario limitó la compra de dólares y terminó aumentando la demanda de pesos, reduciendo así el impacto inflacionario de la emisión de dinero. Eliminado el cepo, podría estar ocurriendo lo opuesto, haciendo más difícil la política monetaria.
La distribución del ingreso y las riquezas ha estado generando muchos debates en el mundo durante los últimos años, en especial luego de los planteos del economista francés Thomas Piketty, duramente criticado por sus ideas de izquierda.
Suele parecer obvio que, si el precio de un producto en góndola es varias veces superior al precio que recibe el productor de la materia prima, alguien está abusándose del consumidor. Deja de parecer obvio cuando se consideran todos los costos que es necesario cubrir.
Este gobierno, como los anteriores, culpó a empresarios y comerciantes por la inflación, aprovechando ciertas complejidades del fenómeno inflacionario. Recientemente el Presidente reconoció la responsabilidad del Estado, una postura más saludable que la anterior.
Un conjunto de tecnologías disruptivas, que va desde la inteligencia artificial hasta el dinero virtual, permite pensar en una especie de 4ta Revolución Industrial, con impactos sobre los empleos en todo el mundo, incluyendo los países de Latinoamérica.
Se ha instalado la idea de que el endeudamiento público sólo tiene sentido cuando financia obras de infraestructura. Nunca cuando financia gastos corrientes. Sin embargo, existen situaciones en las cuales tiene sentido financiar con deuda, transitoriamente, gastos corrientes.
La licuación del valor real de la recaudación y la desmonetización de la economía son dos consecuencias de una inflación muy elevada, que a su vez aumentan la inflación, conduciendo hacia la hiperinflación. Ambos fenómenos están hoy muy lejos de producirse.
Hay economistas que citan casos como el del Plan de Convertibilidad para justificar el intento de bajar la inflación a través de un fuerte ajuste fiscal. Pero aquella reducción de la inflación fue consecuencia de una estricta regla de política monetaria.
Ciertos economistas críticos del actual plan económico citan el caso del inicio del Plan Austral, cuando la inflación cayó de manera abrupta, como argumento para proponer un fuerte ajuste fiscal. Lo curioso es que en aquella ocasión fue la baja de la inflación la que permitió reducir el déficit fiscal.
No han sido muy sólidas las críticas al acuerdo con los fondos buitre, argumentando que la negociación fue demasiado rápida, que favorece el accionar de los fondos buitre y que abre la puerta a un excesivo endeudamiento.
La inflación es, para el Presidente del Banco Central, un fenómeno estrictamente monetario y, para el Ministro de Hacienda y Finanzas, un fenómeno, además de monetario, vinculado a la coordinación de decisiones de ajustes de precios y salarios.
Muchas de las críticas al “gradualismo fiscal” del actual plan económico se basan en un análisis equivocado de experiencias anteriores, como el Plan Austral o el Plan de Convertibilidad, ninguno de los cuales recurrió a abruptos ajustes fiscales para bajar la inflación.
La frecuente demora en lograr reducir la inflación puede deberse a cierta tendencia de cada nuevo gobierno a subestimar la herencia recibida y sobre-estimar el impacto de mejores expectativas. Hoy puede deberse a cierta ingenuidad vinculada al impacto de la unificación cambiaria.
El Gobierno parece algo sorprendido por la mayor inflación desde noviembre, y eso está alimentando propuestas de ajuste fiscal más agresivo. El riesgo es que el Gobierno finalmente decida tomar ese rumbo, costoso en términos económicos y políticos.
Para reducir una inflación elevada como la actual se requieren dos conjuntos de políticas económicas: políticas fiscales, monetarias y cambiarias para reducir las presiones inflacionarias y políticas de ingresos para moderar la inercia inflacionaria.
De manera coincidente, los índices de la Ciudad de Buenos Aires y de la oposición en el Congreso muestran alta inflación entre noviembre y enero. Estos números, en medio de aumentos de tipo de cambio y tarifas, ponen en riesgo el cumplimiento de la meta oficial de inflación.
Los acuerdos de precios suelen fracasar, pero pueden servir en un contexto muy específico, cuando es necesario coordinar decisiones de ajustes de precios y salarios que ya vienen coordinadas a un ritmo elevado.